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Edad Moderna

Recopilació de dades, clasificades per époques. Siglo XVI 1492 a 1808

Es de remarcar que durante la Edad Moderna, al contrario que en el resto de Europa, donde predominaban las clases aristocráticas, en Barcelona destacaba la clase media, que gozaba de prestigio y prosperidad, y donde un simple artesano podía llegar a regir el gobierno de la ciudad. El humanista italiano Lucio Marineo Sículo, de visita en Barcelona a finales del siglo XV, escribió lo siguiente:

Las personas de cualquier edad se daban a las artes, ya fuesen liberales o mecánicas, que registraban un gran florecimiento. No había paseantes, es decir, gentes ociosas y sin oficio, pues todas tenían su ocupación y por eso no había hombres de mala vida ni pobres, y los ciudadanos vivían correctamente y les sobraba caudal”.19

Durante los siglos XV y XVI se construyó un puerto artificial que cubriese por fin las necesidades del importante centro mercantil que era Barcelona: paradójicamente, durante la época de esplendor del comercio catalán por el Mediterráneo, Barcelona no contaba con un puerto preparado para el volumen portuario que era habitual en la ciudad. El antiguo puerto al pie de Montjuïc había sido abandonado, contando la ciudad únicamente con la playa para recibir pasajeros y mercancías; los barcos de gran calado debían descargar mediante barcas y mozos de cuerda. Por fin, en 1438 se obtuvo el permiso real para construir un puerto: en primer lugar, se hundió un barco cargado de piedras para servir de base al muro que unió la playa con la isla de Maians; reforzado el muro en 1477, se alargó en forma de espigón en 1484. A mediados del siglo XVI se amplió el puerto ante la campaña iniciada por Carlos I contra Túnez; a finales de siglo, el muelle contaba con una longitud de 180 metros por 12 de ancho. Nuevas obras de mejora en el siglo XVII dieron por un fin un puerto en condiciones para la ciudad.

Desde la unión de Castilla y Aragón con los Reyes Católicos, Cataluña fue marginada por la nueva casa reinante, los Austria, sobre todo desde el reinado de Felipe II, que impidió la total recuperación del principado tras los desastres económicos y demográficos del siglo XV. Este clima de enfrentamiento entre la monarquía española y las clases dirigentes catalanas tuvo su apogeo durante el reinado de Felipe IV: hastiados de los abusos cometidos por las tropas mercenarias del rey establecidas en Cataluña, y sofocados por los impuestos abusivos dictados por el conde-duque de Olivares, el 7 de junio de 1640 se produjo en Barcelona una rebelión popular –conocida como el Corpus de sangre–, origen de la llamada Guerra dels Segadors (Guerra de los Segadores, 1640-1651) –llamada así por contar mayoritariamente entre sus miembros con el campesinado catalán–. Dirigida por el presidente de la Generalidad, Pau Claris, y bajo el lema visca la terra i muira lo mal govern (viva la tierra y muera el mal gobierno), los rebeldes catalanes, ayudados por Francia, combatieron contra las tropas de Felipe IV. Sin embargo, el descontento con la ayuda prestada por Francia, y el avance de las tropas castellanas, provocaron la capitulación de Barcelona en 1652. El rey promulgó una amnistía general y acató la constitución catalana, aunque la guerra con Francia continuó hasta la Paz de los Pirineos (1659), por la que la Monarquía Hispánica perdió el Rosellón y el norte de la Cerdaña.20

La paz momentánea con la Monarquía Hispánica duró poco tiempo: la muerte sin descendencia del rey Carlos II provocó un conflicto sucesorio que dio origen a la Guerra de Sucesión (1701-1714), donde intervinieron las principales potencias europeas (Francia en defensa del pretendiente Felipe de Borbón –futuro Felipe V–, y Alemania, Gran Bretaña, Países Bajos y Portugal a favor de Carlos de Austria –futuro emperador Carlos VI–). En España, Castilla se puso a favor de Felipe, mientras que Cataluña optó por Carlos, que en 1706 fue proclamado rey Carlos III por las Cortes Catalanas. Sin embargo, el éxito de la ofensiva francesa, y la retirada del pretendiente austriaco tras su entronización como emperador en 1711, dejaron sola a Cataluña, que, tras un sitio prolongado, fue derrotada tras la conquista de la ciudad condal el 11 de septiembre de 1714, tras una heroica resistencia (fecha que ha quedado desde entonces como diada nacional). Cabe destacar el papel efectuado en la defensa de la ciudad por la Coronela, milicia gremial que contaba con unos 3.000 efectivos, que lucharon de forma disciplinada y con sorprendente valentía.21

La derrota supuso para Barcelona la pérdida de sus fueros y sus órganos de autogobierno: con los Decretos de Nueva Planta (1716) se abolió la Generalidad, así como el Consell de Cent, pasando el gobierno de la ciudad a una junta de 24 regidores de designación real y por tiempo indefinido; la Taula de Canvi se convirtió en un banco privado; el Consolat de Mar continuó como entidad, pero perdiendo casi todos sus recursos financieros. El cambio de moneda comportó un grave perjuicio a la economía ciudadana, provocando la caída de precios y salarios. Con el fin de controlar militarmente la ciudad y sofocar posibles disturbios, se reconstruyó el castillo de Montjuïc y se levantó una nueva fortaleza, la Ciudadela, para la que se derruyeron 1.200 casas del barrio de Ribera (quedando 4.500 personas sin casa y sin indemnización), así como los conventos de Sant Agustí y Santa Clara, y se desvió el Rec Comtal. Para su construcción se empleó a los prisioneros que habían participado en la defensa de la ciudad.22

Pese a ello, el tradicional carácter laborioso del pueblo barcelonés propició una rápida reactivación económica, basada en el crecimiento demográfico ( de 30.000 habitantes en 1717 a 130.000 a finales de siglo) y en los nuevos procedimientos industriales que comportó la Revolución Industrial, de la que Cataluña fue pionera en el estado español. Se abrió el comercio con América, que resultó muy fructuoso para la ciudad (en 1745, la fragata Nostra Senyora de Montserrat fue la primera nave catalana en recalar en América). En 1756 se fundó la Real Compañía de Comercio de Barcelona, que obtuvo el monopolio comercial con Puerto Rico, Santo Domingo y la isla de Margarita. En 1765 Carlos III firmó un real decreto que autorizaba al puerto de Barcelona a comerciar directamente con el Caribe y, en 1778, con toda América, dando origen a una intensa relación comercial sobre todo con la isla de Cuba, donde muchos comerciantes catalanes (conocidos como indianos) se hicieron ricos, riqueza que trajeron de vuelta a la ciudad. Barcelona exportaba sobre todo vino, aguardiente, frutos secos y manufacturas textiles, e importaba azúcar, café, cacao, algodón y tabaco. Las reformas borbónicas, por tanto, ayudaron y propiciaron el despegue económico y social de Barcelona y tierras aledañas, y sentaron las bases del progreso industrial desarrollado en los siglos siguientes, gracias al intercambio y comercio con el resto de tierras españolas. Tras siglos de progresiva decadencia, fueron los Borbones, sumado al ingenio catalán, quienes sentaron las bases de la Barcelona moderna.[cita requerida]

A nivel urbano, hay que remarcar la construcción en 1753 del barrio de la Barceloneta, promovida por el Marqués de la Mina, el cual también reparó y amplió el puerto y fomentó la instalación del primer alumbrado público. Entre 1776 y 1778 se realizó la urbanización de la Rambla, y se crearon los paseos de Gracia y de San Juan. Como edificios, cabe destacar la construcción de la nueva sede de la Llotja (Lonja), así como la nueva Aduana y, a nivel religioso, la construcción de la Basílica de la Mercè (patrona de la Diócesis de Barcelona). Por último, a nivel cultural, conviene recordar la fecha del 1 de octubre de 1792 como la de la aparición del primer periódico editado en la ciudad, el Diario de Barcelona.

El siglo XIX fue de un gran crecimiento para la ciudad, tanto a nivel demográfico como económico y urbanístico. El plan de ensanche y la anexión de varios municipios colindantes supusieron una gran ampliación del perímetro urbano. El proceso de industrialización y modernización de las infraestructuras y los servicios urbanos comportaron un cambio radical en el nivel de vida (electrificación, alumbrado público, canalizaciones, transportes), que ganó en confort y calidad de vida. Sin embargo, a nivel social, se vivió una época de gran conflictividad social, provocada por la lucha de clases originada por la gran diferencia de nivel de vida entre la clase obrera y la burguesía. La cultura experimentó una gran revitalización, resurgiendo el idioma catalán a nivel literario, mientras que el modernismo fue la expresión artística por excelencia de la nueva sociedad barcelonesa.

Los sucesos de la Revolución Francesa tuvieron amplia difusión en la capital catalana, cercana a la frontera con el país galo. La guerra contrarrevolucionaria iniciada por Carlos IV afectó la buena marcha de la economía barcelonesa. Tras la ocupación de la península por las tropas de Napoleón en 1808, que dio origen a la Guerra de la Independencia (aquí llamada Guerra del Francés), Barcelona fue declarada capital del Departamento de Montserrat. Es de destacar el episodio sucedido el 9 de marzo de 1809, cuando la ciudad estaba a punto de ser liberada por Joan Clarós, cuando un temporal lo impidió. Tras la derrota de las tropas napoleónicas, el reinado de Fernando VII supuso la reinstauración del absolutismo.

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Llibres de baptisme, matrimoni i defunció. Registres de confessants o volums de confraries. Els registres parroquials, declarats obligatoris pel Concili de Trento el 1563, són la base documental que ha permès als investigadors seguir la pista dels nostres avantpassats entre els segles XVI i XVIII. Valentí Gual, professor d'Història de la UB, s'endinsa en aquests arxius per explicar l'evolució demogràfica i els usos socials durant l'Antic Règim.

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